Colaborador

“La gracia de estas canciones es que no tienen respuesta. Como te vaya dando demasiadas pistas, se rompe ese pequeño secreto que guardas cuando escuchas, esa asociación de ideas, esa magia quizás. A mí me gusta más preguntar cosas que responderlas”.

Me cuesta oír a Miguel pero como habla lento, lo alcanzo cuando se calla. No me sacó los ojos de encima en toda la entrevista, unos ojos chicos de diablo, transparentes, agresivos.

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El desperfecto

Terminé de picar la cebolla y guardé la mitad que había sobrado debajo de la mesada. Las puertas blancas del armario cedieron con un empujoncito hacia afuera, que me hizo retroceder unos pasos. Había un desorden inquietante, como si la desidia hubiese dispuesto que el aceite y el amoníaco, las papas y el tacho de basura pudieran convivir en perfecta armonía. La madera del único estante se había ensanchado por una pérdida minúscula que nunca me decidía a reparar, y comenzaba a doblarse. Bien al fondo, detrás del colador y de unas ollas, vi una mancha en la pared.

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Secundario

Me despierto sobresaltado. Un sueño angustioso, que no puedo recordar entero, me saca de la cama, del cuarto y me pone en el pasillo. Voy como un zombie para la cocina. Veo la figura negra de papá en camiseta y calzones recortada por la luz pálida de la heladera, manoteando los restos de la cena.

–¿Qué hacés despierto a esta hora? –me increpa.

–Me desvelé, ¿vos?

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Carlitos

Carlitos había muerto hacía una semana. Llegamos con su hijo al lugar donde vivía, una obra en construcción en la que trabajaba de sereno. El capataz le sacó el candado a la puerta de chapa y mientras poníamos los pies en el polvo de la obra, le dio el pésame a mi amigo. Entre bolsas de materiales y escombros, atravesamos un pasillo iluminado por una bombita tenue, y subimos un piso por escalera.

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